En
Mérida "la esquina del Degollado",guarda
las historias de un barbero y de un sacerdote.

El
cruce de las calles 60 por 67, en el corazón de la capital yucateca, guarda las
historias de un barbero y de un sacerdote.
En los tiempos de la Colonia y, posteriormente, durante el México recién
independizado y del
En los tiempos de la Colonia y, posteriormente, durante el México recién
independizado y del Porfiriato, a las esquinas y
calles de Mérida no se les mencionaba por nomenclatura sino con nombres que se
referían a algo físico, a un hecho o a una leyenda.
Por ejemplo, existen famosos cruces como "La Veleta" (66 por 65),
porque ahí existía una de esas estructuras metálicas, aunque otros cuentan que
por ahí vivió una muchacha convenenciera e interesada, que iba por "donde
soplaba el viento"; "El Elefante" (46 por 65), debido a que al
dueño de una vieja casona de esquina se le ocurrió colocar en la azotea un
paquidermo metálico; "El Monifato" (65 por 42), monolito de piedra
con la figura del rey Fernando VII de España que, cuentan, es una burla para el
soberano al que aborrecían los criollos yucatecos.
La esquina de "El Limón" (52 por 55) se llamó así porque existía una
mata de ese agrio fruto; "El Almendro" (63 por 76) y "El
Tamarindo" (45 por 50), por árboles ubicados ahí; "El Motor
Eléctrico" (60 por 51), donde funcionaba una máquina; "Los Dos
Camellos" (49 por 66), bautizada a causa de que un inmigrante libanés
trajo desde el Lejano Oriente a ese par de bestias de carga (macho y hembra)
para que se reprodujera, pero no lo logró, o "El Polvorín" (60 por
103), denominada de esa manera porque ahí explotó un almacén de
pólvora.
En 1928 visitó la ciudad la periodista estadunidense Mary
Por ejemplo, existen famosos cruces como "La Veleta" (66 por 65),
porque ahí existía una de esas estructuras metálicas, aunque otros cuentan que
por ahí vivió una muchacha convenenciera e interesada, que iba por "donde
soplaba el viento"; "El Elefante" (46 por 65), debido a que al
dueño de una vieja casona de esquina se le ocurrió colocar en la azotea un
paquidermo metálico; "El Monifato" (65 por 42), monolito de piedra
con la figura del rey Fernando VII de España que, cuentan, es una burla para el
soberano al que aborrecían los criollos yucatecos.
La esquina de "El Limón" (52 por 55) se llamó así porque existía una
mata de ese agrio fruto; "El Almendro" (63 por 76) y "El
Tamarindo" (45 por 50), por árboles ubicados ahí; "El Motor
Eléctrico" (60 por 51), donde funcionaba una máquina; "Los Dos
Camellos" (49 por 66), bautizada a causa de que un inmigrante libanés
trajo desde el Lejano Oriente a ese par de bestias de carga (macho y hembra)
para que se reprodujera, pero no lo logró, o "El Polvorín" (60 por
103), denominada de esa manera porque ahí explotó un almacén de
pólvora.
En 1928 visitó la ciudad la periodista estadunidense Mary Norton, que quedó
impresionada por la costumbre de darle nombre a las esquinas, por lo que hizo
un reportaje al respecto para "The
New York Times".
Hasta el día de hoy, muchas tiendas, panaderías, tortillerías, cantinas,
talleres y negocios diversos ubicados en esas zonas llevan el nombre de la
esquina, manteniendo la tradición con el afán de que esa vieja costumbre no
quede en el ostracismo.
Pero en esta narración no vamos a hacer un recuento de las esquinas de la
Mérida de antaño que llevan nombre, que son muchísimas, sino de algunas
leyendas e historias verdaderas, varias de ellas terroríficas que dejaron
profunda huella en la memoria de los meridanos de esa ya lejana época y que
hasta ahora prevalecen.
El Degollado
La hasta hoy famosa esquina de "El Degollado", en el cruce de las
calles 60 por 67, encierra dos leyendas, ambas bastante trágicas, pero que no
están relacionadas una con la otra.
La más antigua de estas historias cuenta que en esa esquina estaba ubicada la
barbería de don Lucas Pinzón, afamado peluquero que atendía a los principales
caballeros de la Mérida de finales del siglo XVIII, y entre sus clientes se
encontraba precisamente el entonces gobernador y capitán general de la
provincia de Yucatán, su tocayo don Lucas de Gálvez y Montes de Oca, del que ya
dedicamos un capítulo anterior sobre su misterioso asesinato ocurrido el 22 de
junio de 1792, crónica en la que hacíamos alusión a la debilidad del mandatario
por enamorar a cuanta mujer joven y bella que se le cruzara en el camino, pues
era un gran
Hasta el día de hoy, muchas tiendas, panaderías, tortillerías, cantinas,
talleres y negocios diversos ubicados en esas zonas llevan el nombre de la
esquina, manteniendo la tradición con el afán de que esa vieja costumbre no
quede en el ostracismo.
Pero en esta narración no vamos a hacer un recuento de las esquinas de la
Mérida de antaño que llevan nombre, que son muchísimas, sino de algunas
leyendas e historias verdaderas, varias de ellas terroríficas que dejaron
profunda huella en la memoria de los meridanos de esa ya lejana época y que
hasta ahora prevalecen.
El Degollado
La hasta hoy famosa esquina de "El Degollado", en el cruce de las
calles 60 por 67, encierra dos leyendas, ambas bastante trágicas, pero que no
están relacionadas una con la otra.
La más antigua de estas historias cuenta que en esa esquina estaba ubicada la
barbería de don Lucas Pinzón, afamado peluquero que atendía a los principales
caballeros de la Mérida de finales del siglo XVIII, y entre sus clientes se
encontraba precisamente el entonces gobernador y capitán general de la
provincia de Yucatán, su tocayo don Lucas de Gálvez y Montes de Oca, del que ya
dedicamos un capítulo anterior sobre su misterioso asesinato ocurrido el 22 de
junio de 1792, crónica en la que hacíamos alusión a la debilidad del mandatario
por enamorar a cuanta mujer joven y bella que se le cruzara en el camino, pues
era un gran infringidor de los mandamientos
sexto y noveno del santo decálogo.
El local del "estilista", que era hijo de padre y madre criollos, iba
a la vanguardia con la época, pues contaba con todos los implementos necesarios
para dar un buen servicio a su importante y exigente clientela, como tijeras,
navajas, brochas, ungüentos, jabones, toallas, etc. Pero don Pinzón también la
hacía de "dentista", por lo que si uno de sus clientes se presentaba
con un dolor de muelas, ahí estaba él con sus pinzas para extraerle la pieza
dental, luego de amarrar con unas fajinas al "paciente" en el sillón,
pues entonces no existían anestésicos y tampoco el cloroformo (éste se empezó a
usar por un odontólogo estadunidense de apellido
El local del "estilista", que era hijo de padre y madre criollos, iba
a la vanguardia con la época, pues contaba con todos los implementos necesarios
para dar un buen servicio a su importante y exigente clientela, como tijeras,
navajas, brochas, ungüentos, jabones, toallas, etc. Pero don Pinzón también la
hacía de "dentista", por lo que si uno de sus clientes se presentaba
con un dolor de muelas, ahí estaba él con sus pinzas para extraerle la pieza
dental, luego de amarrar con unas fajinas al "paciente" en el sillón,
pues entonces no existían anestésicos y tampoco el cloroformo (éste se empezó a
usar por un odontólogo estadunidense de apellido Morton en 1846).
La barbería de Pinzón, que lucía en una de sus paredes una gigantesca pintura
con la imagen de la Virgen del Pilar, de la cual el peluquero era ferviente
devoto, era centro de reunión, entre 10 de la mañana y 12 del día, de importantes
personajes meridanos, que además de acudir a un afeite o corte de pelo,
departían sobre temas de negocios, de política y a veces hasta de sus aventuras
extramaritales.
Por su parte, el barbero, como todo buen servidor, sólo escuchaba las charlas e
intervenía únicamente para darle la razón al cliente.
Pero después de su "chamba", Lucas Pinzón, que no era rico ni nada
que se le parezca, pero que ganaba sus buenos reales entre lo que cobraba y las
generosas propinas que recibía, cerraba su barbería, se
La barbería de Pinzón, que lucía en una de sus paredes una gigantesca pintura
con la imagen de la Virgen del Pilar, de la cual el peluquero era ferviente
devoto, era centro de reunión, entre 10 de la mañana y 12 del día, de importantes
personajes meridanos, que además de acudir a un afeite o corte de pelo,
departían sobre temas de negocios, de política y a veces hasta de sus aventuras
extramaritales.
Por su parte, el barbero, como todo buen servidor, sólo escuchaba las charlas e
intervenía únicamente para darle la razón al cliente.
Pero después de su "chamba", Lucas Pinzón, que no era rico ni nada
que se le parezca, pero que ganaba sus buenos reales entre lo que cobraba y las
generosas propinas que recibía, cerraba su barbería, se entacuchaba e iba lleno de
ilusión a visitar a su amada Hipólita, una damita de 17 floridas primaveras que
vivía con su madre, doña Susana, en una modesta casita de tejas en la calle 66
por 65 y donde tenían un pequeño taller de costura y bordado con el que sustentaban
precariamente sus gastos diarios.
Para llamar a su amor, Lucas daba unos
Para llamar a su amor, Lucas daba unos chifliditos; entonces "Polita" o "Lita", como de cariño le decía el
fígaro, abría un postigo y luego la puerta, para que enseguida ambos tórtolos
se fundieran en un abrazo, dándose candentes besos y arrumacos.
Esa romántica escena sucedía noche a noche hasta que un domingo por la mañana
"
Esa romántica escena sucedía noche a noche hasta que un domingo por la mañana
"Polita" fue con su
madre a un festejo religioso en el atrio de la iglesia de Monjas (64 por 63),
al que también acudió casualmente el gobernador don Lucas de
Gálvez.
Su excelencia, como ya dijimos, era muy mujeriego, así que enseguida puso los ojos
en Hipólita y su madre no tardó en darse cuenta de los coqueteos del mandatario
con su hija. Momentos después, el señor De Gálvez abordó a la chica y tras una
breve plática les ofreció llevarlas a su casa en su lujoso
carruaje.
En el trayecto, el mandatario, que casi le triplicaba la edad a la guapa
jovencita, la llenó de halagos, por lo que ruborizada sólo reía nerviosamente,
aunque su ego se hinchaba enormemente. Y durante esa plática, don Lucas, que
por entonces tenía 50 y tantos años, supo que en días próximos la muchachilla
cumpliría sus 18 años y le prometió enviarle un presente e irla de nuevo a
visitar.
El día del cumpleaños de "
Su excelencia, como ya dijimos, era muy mujeriego, así que enseguida puso los ojos
en Hipólita y su madre no tardó en darse cuenta de los coqueteos del mandatario
con su hija. Momentos después, el señor De Gálvez abordó a la chica y tras una
breve plática les ofreció llevarlas a su casa en su lujoso
carruaje.
En el trayecto, el mandatario, que casi le triplicaba la edad a la guapa
jovencita, la llenó de halagos, por lo que ruborizada sólo reía nerviosamente,
aunque su ego se hinchaba enormemente. Y durante esa plática, don Lucas, que
por entonces tenía 50 y tantos años, supo que en días próximos la muchachilla
cumpliría sus 18 años y le prometió enviarle un presente e irla de nuevo a
visitar.
El día del cumpleaños de "Polita", Lucas el barbero se apuró como nunca para
terminar con su numerosa clientela; quién sabe a cuántos, por su prisa en
acabar temprano, habrá provocado una cortada en el rostro cuando les rasuraba
la barba o daba estilo a la piocha.
El caso es que Pinzón apuradamente compró unos claveles y un modesto presente
para su novia, y lleno de ilusión se encaminó a casa de su amada. Esa noche
pediría a doña Susana la mano de su hija. Como acostumbraba, entonó su peculiar
silbido para que Hipólita le abriera, pero no hubo respuesta. Chifló más
fuerte, pero nada, el postigo seguía cerrado. Entonces se decidió a tocar la
puerta, y tampoco le abrían. Golpeó más fuerte, con insistencia, hasta que la
madre acudió.
Doña Susana, con rostro poco amigable, le franqueó el paso y tras preguntarle
qué deseaba y el barbero contestarle que quería hablar con su hija, la señora
llamó con desgano a la muchacha, quien ni siquiera se tomó la molestia de
salir. Desde su habitación, cuya puerta daba a la sala, sólo se concretó a
decir: "Mamá, dile al barbero que tenemos esta noche una visita muy
importante y que es mejor que se retire". Había cambiado a un Lucas pobre
y poca cosa por un Lucas rico y poderoso.
Estas palabras le cayeron al peluquero como un balde de agua fría y más cuando
la madre remató: "Mire don Pinzón, usted es un buen hombre, pero debe
darse cuenta que mi hija está para más. Ella merece casarse con un caballero de
verdad".
El frustrado galán ya no dijo más. Cabizbajo se dio media vuelta y se retiró,
dejando caer de sus manos en la polvorienta calle, regalo y flores. Caminó sin
rumbo y así, dando vueltas sin "ton ni son", se volvió a ver frente a
la casa de "
El caso es que Pinzón apuradamente compró unos claveles y un modesto presente
para su novia, y lleno de ilusión se encaminó a casa de su amada. Esa noche
pediría a doña Susana la mano de su hija. Como acostumbraba, entonó su peculiar
silbido para que Hipólita le abriera, pero no hubo respuesta. Chifló más
fuerte, pero nada, el postigo seguía cerrado. Entonces se decidió a tocar la
puerta, y tampoco le abrían. Golpeó más fuerte, con insistencia, hasta que la
madre acudió.
Doña Susana, con rostro poco amigable, le franqueó el paso y tras preguntarle
qué deseaba y el barbero contestarle que quería hablar con su hija, la señora
llamó con desgano a la muchacha, quien ni siquiera se tomó la molestia de
salir. Desde su habitación, cuya puerta daba a la sala, sólo se concretó a
decir: "Mamá, dile al barbero que tenemos esta noche una visita muy
importante y que es mejor que se retire". Había cambiado a un Lucas pobre
y poca cosa por un Lucas rico y poderoso.
Estas palabras le cayeron al peluquero como un balde de agua fría y más cuando
la madre remató: "Mire don Pinzón, usted es un buen hombre, pero debe
darse cuenta que mi hija está para más. Ella merece casarse con un caballero de
verdad".
El frustrado galán ya no dijo más. Cabizbajo se dio media vuelta y se retiró,
dejando caer de sus manos en la polvorienta calle, regalo y flores. Caminó sin
rumbo y así, dando vueltas sin "ton ni son", se volvió a ver frente a
la casa de "Polita", sólo que esta
vez estaba parado enfrente un lujoso carruaje.
Entonces, el barbero, aprovechando la obscuridad de la noche, se ocultó tras un
frondoso almendro y observó que el nuevo pretendiente de su amada era nada
menos y ni nada más que el mismísimo gobernador don Lucas de Gálvez, quien
había llegado al domicilio de Hipólita con un gigantesco ramo de rosas rojas y
una caja llena de sabrosos panecillos encargados especialmente para madre e
hija.
Con el corazón partido en mil pedazos, el Lucas pobre terminó metiéndose en una
tabernucha cercana a ahogar sus penas en alcohol.
Ya bajo los efectos etílicos, Pinzón salió dando tumbos, sosteniéndose en las
paredes, y llegó con mucho trabajo a su barbería, que también era su casa. Como
pudo, abrió trabajosamente el candado y entró al local, y completamente
derrotado anímica y moralmente se dejó caer en el sillón de barbero, el mismo
donde muchas veces había rasurado a su ahora rival de amores. Sabía el pobre
Lucas que no podía competir con su poderoso tocayo, que además era apuesto,
simpático y muy rico.
Dándose por derrotado en esa competencia amorosa, el peluquero cayó en una
profunda depresión. Decidido a acabar con su triste existencia, tomó una de sus
navajas, le sacó filo con la lija de cuero y sin pensarlo más se sentó en el
sillón de la barbería y se rebanó el cuello.
A la mañana siguiente, su ayudante Antonio
Entonces, el barbero, aprovechando la obscuridad de la noche, se ocultó tras un
frondoso almendro y observó que el nuevo pretendiente de su amada era nada
menos y ni nada más que el mismísimo gobernador don Lucas de Gálvez, quien
había llegado al domicilio de Hipólita con un gigantesco ramo de rosas rojas y
una caja llena de sabrosos panecillos encargados especialmente para madre e
hija.
Con el corazón partido en mil pedazos, el Lucas pobre terminó metiéndose en una
tabernucha cercana a ahogar sus penas en alcohol.
Ya bajo los efectos etílicos, Pinzón salió dando tumbos, sosteniéndose en las
paredes, y llegó con mucho trabajo a su barbería, que también era su casa. Como
pudo, abrió trabajosamente el candado y entró al local, y completamente
derrotado anímica y moralmente se dejó caer en el sillón de barbero, el mismo
donde muchas veces había rasurado a su ahora rival de amores. Sabía el pobre
Lucas que no podía competir con su poderoso tocayo, que además era apuesto,
simpático y muy rico.
Dándose por derrotado en esa competencia amorosa, el peluquero cayó en una
profunda depresión. Decidido a acabar con su triste existencia, tomó una de sus
navajas, le sacó filo con la lija de cuero y sin pensarlo más se sentó en el
sillón de la barbería y se rebanó el cuello.
A la mañana siguiente, su ayudante Antonio Yegros llegó a la barbería y extrañamente la encontró cerrada.
Le pareció raro porque Pinzón era madrugador y abría el local desde temprana
hora. Tocó varias veces y no escuchó respuesta, pero buen susto se llevó al ver
que debajo del portón salía un líquido rojo el cual pudo comprobar era sangre.
Alarmado, dio aviso al alguacil y enseguida llegaron varios gendarmes a
caballo, y a mazazos rompieron los seguros y entraron al local.
La escena no podía ser más escalofriante: el barbero Lucas estaba recostado en
su sillón de trabajo, con el cuello casi cercenado, colgándole la cabeza y,
abajo, un gigantesco charco de sangre que ya se deslizaba hacia la calle. En
una de sus manos aún sostenía la navaja que le había segado la
vida.
Se cuenta que la interesada "
La escena no podía ser más escalofriante: el barbero Lucas estaba recostado en
su sillón de trabajo, con el cuello casi cercenado, colgándole la cabeza y,
abajo, un gigantesco charco de sangre que ya se deslizaba hacia la calle. En
una de sus manos aún sostenía la navaja que le había segado la
vida.
Se cuenta que la interesada "Polita" pagó caro su ambición de "pescar" a un
rico, porque don Lucas pronto se fastidió de esa aventurilla y puso sus ojos en
una nueva "presa".
Se dice que tanto madre como hija quedaron más pobres que antes, ya que, desprestigiadas,
perdieron a la mayoría de sus clientas de costura y bordados, y así, por su
comportamiento convenenciero, a la esquina donde vivía la interesada Hipólita
el populacho la bautizó como "La Veleta" y a la esquina donde se mató
el barbero, "El Degollado".
El cura y el gato
Otra leyenda cuenta una historia distinta a la anterior, en esa esquina de la
67 por 60, y que es más reciente, pues data de finales del siglo XIX, en la
época porfiriana. Se dice que en el predio donde actualmente se ubica una
panadería residía un cura de nombre Bernardo
Se dice que tanto madre como hija quedaron más pobres que antes, ya que, desprestigiadas,
perdieron a la mayoría de sus clientas de costura y bordados, y así, por su
comportamiento convenenciero, a la esquina donde vivía la interesada Hipólita
el populacho la bautizó como "La Veleta" y a la esquina donde se mató
el barbero, "El Degollado".
El cura y el gato
Otra leyenda cuenta una historia distinta a la anterior, en esa esquina de la
67 por 60, y que es más reciente, pues data de finales del siglo XIX, en la
época porfiriana. Se dice que en el predio donde actualmente se ubica una
panadería residía un cura de nombre Bernardo Briceño, quien era párroco de la iglesia de San Juan y vivía
solo.
El padre Bernardo, de unos 70 y tantos años, era de carácter agrio y amargado y
poco afecto a tener animales, como gatos o perros. Sólo tenía un
canario.
Doña Rosita, una de sus vecinas, le hacía la limpieza de la casa y también le
llevaba su comida, la cual le dejaba todos los días sobre la
mesa.
Pero desde un tiempo atrás el religioso había tenido algunos roces con un
vecino, un tahonero de nombre don Anselmo, que tenía numerosos gatos en su
panadería para ahuyentar a los ratones que se comían la harina y el azúcar que
le servían para fabricar sus panes, porque los felinos se metían a la casa del
cura y en ocasiones se comían sus alimentos, y hasta una vez derribaron la
jaula del canario y cerca estuvieron de matarlo, a no ser del oportuno arribo
de doña Rosita, que logró salvar al pobre pajarillo.
Pero uno de esos maulladores, al que el panadero llamaba "Pudín", era
el más molestoso y continuamente entraba a la casa, tiraba cosas y le robaba la
comida al padrecito.
Y fue un domingo que después de dar misa en San Juan que el cura llegó a su
casa hambriento, dispuesto a saborear el hirviente y sabroso potaje que doña
Rosita le había dejado servido sobre la mesa. Y cuál fue su sorpresa que
encontró a "Pudín" devorando su comida.
Furioso, el hombre de la sotana intentó acabar con el gato, el cual, asustado
se fue a esconder a una de las habitaciones. Entonces, el padre tomó la tranca
con la que aseguraba la puerta, dispuesto a golpear al felino, que se había
subido sobre un viejo armario, y cuando el cura se disponía a darle un trancazo
definitivo, la pequeña fiera, al sentirse acorralada, se la abalanzó al
anciano, dándole un certero arañazo en el cuello, con tanto tino que le cortó
la yugular. El viejo cura comenzó a sangrar profusamente y terminó
desvaneciéndose.
El lunes por la mañana, doña Rosita, como era su costumbre, se presentó en la casa
del cura y al entrar se encontró con la macabra escena. El padre Bernardo
estaba tirado en el piso en medio de un charco de sangre, mientras el gato
asesino lamía el cuello del muerto...
El padre Bernardo, de unos 70 y tantos años, era de carácter agrio y amargado y
poco afecto a tener animales, como gatos o perros. Sólo tenía un
canario.
Doña Rosita, una de sus vecinas, le hacía la limpieza de la casa y también le
llevaba su comida, la cual le dejaba todos los días sobre la
mesa.
Pero desde un tiempo atrás el religioso había tenido algunos roces con un
vecino, un tahonero de nombre don Anselmo, que tenía numerosos gatos en su
panadería para ahuyentar a los ratones que se comían la harina y el azúcar que
le servían para fabricar sus panes, porque los felinos se metían a la casa del
cura y en ocasiones se comían sus alimentos, y hasta una vez derribaron la
jaula del canario y cerca estuvieron de matarlo, a no ser del oportuno arribo
de doña Rosita, que logró salvar al pobre pajarillo.
Pero uno de esos maulladores, al que el panadero llamaba "Pudín", era
el más molestoso y continuamente entraba a la casa, tiraba cosas y le robaba la
comida al padrecito.
Y fue un domingo que después de dar misa en San Juan que el cura llegó a su
casa hambriento, dispuesto a saborear el hirviente y sabroso potaje que doña
Rosita le había dejado servido sobre la mesa. Y cuál fue su sorpresa que
encontró a "Pudín" devorando su comida.
Furioso, el hombre de la sotana intentó acabar con el gato, el cual, asustado
se fue a esconder a una de las habitaciones. Entonces, el padre tomó la tranca
con la que aseguraba la puerta, dispuesto a golpear al felino, que se había
subido sobre un viejo armario, y cuando el cura se disponía a darle un trancazo
definitivo, la pequeña fiera, al sentirse acorralada, se la abalanzó al
anciano, dándole un certero arañazo en el cuello, con tanto tino que le cortó
la yugular. El viejo cura comenzó a sangrar profusamente y terminó
desvaneciéndose.
El lunes por la mañana, doña Rosita, como era su costumbre, se presentó en la casa
del cura y al entrar se encontró con la macabra escena. El padre Bernardo
estaba tirado en el piso en medio de un charco de sangre, mientras el gato
asesino lamía el cuello del muerto...
LT: Jose Gabriel Chan Escalante