lunes, 27 de febrero de 2017

EL COFRE DE VIDRIOS ROTOS

EL COFRE DE VIDRIOS ROTOS


Érase una vez un anciano que había perdido a su esposa. Vivía solo, había trabajado duramente toda su vida como sastre, pero los infortunios lo habían dejado en bancarrota y ahora era tan viejo que ya no podía trabajar, las manos le temblaban tanto que no podía enhebrar una aguja, la visión se le había enturbiado demasiado para hacer una costura recta.

Tenía tres hijos varones, los cuales ya se habían casado y tenían sus respectivos hijos. Estaban tan ocupados con su trabajo que apenas tenían tiempo para cenar con su padre una vez por semana.
El anciano estaba cada vez más débil y los hijos lo visitaban cada vez menos.
"Yo sé que mis hijos no quieren estar conmigo - se decía el anciano - tienen miedo de que yo me convierta en una carga para mis nueras, si Dios me hubiera dado una hija sería mi vida distinta".
Así se pasaba las noches llorando de tristeza y cavilando qué sería de él, hasta que un día trazó un plan.
A la mañana siguiente fue a ver a su amigo el carpintero y le pidió le fabricara un cofre grande, luego acudió a su amigo el cerrajero y le pidió el cerrojo más viejo, por último fue a ver a su amigo el vidriero y le pidió todos los fragmentos de vidrios rotos que tuviera. El anciano se llevó el cofre a casa lo llenó de vidrios rotos hasta el tope, lo pintó muy bien, le puso un viejo candado y lo dejó bajo la mesa de la cocina.
Cuando sus hijos, nueras y nietos fueron a cenar como cada semana, se sorprendieron, lo tocaron y no pudieron levantarlo de tan pesado que estaba. Uno de ellos le preguntó a su padre:
- Padre, ¿de dónde salió ese cofre?, ¿qué hay dentro? - dijo mirando bajo la mesa.
-¡Oh, hijo! No es nada, sólo algunas cosillas de oro y dinero que he ahorrado - dijo el anciano.
Sus hijos empujaron el cofre y notaron que era muy pesado, la nuera lo pateó y escuchó un tintineo.
"Oye Miguel, ese cofre debe de estar lleno de oro que tu padre ahorró a lo largo de todos estos años", susurraban entre sí hijos y nueras.
Después de algunos días y de haber hablado los tres hermanos, decidieron custodiar el tesoro, no sea que un vivales se lo robara, así que decideron custodiar el tesoro y cuidar al abuelo. La primera semana, el hijo menor se mudó a la casa del padre. A la semana siguiente siguió el segundo; después lo reemplazó el mayor. Así durante algunos meses.
Un día el padre enfermó y al poco tiempo falleció. Los hijos le hicieron un bonito funeral con abundantes flores, rezos y elogios. No escatimaron gasto alguno.
El viejo cofre aguardaba bajo la mesa de la cocina bien cubierto con un paño blanco que la abuela había tejido antes de morir, pareciera que los dos confabularon entre sí. Cuando concluyeron las exequias buscaron la llave por toda la casa y después de un tiempo al fín la encontraron. Los tres hijos con sus respectivas familias estaban ansiosos por abrir el cofre, pues su contenido sería dividido por partes iguales, así lo habían acordado.
Pero al abrir el cofre lo encontraron lleno de vidrios rotos.
- ¡Qué triquiñuela! ¡Qué infame! -exclamó el hijo mayor. -¡Qué crueldad! ¡Cómo pudo hacernos esto nuestro padre!
-¿Qué podía hacer nuestro padre? Seamos francos, de no haber sido por el cofre lo habríamos descuidado hasta el final de sus días - pensó tristemente el segundo hijo.
-Estoy avergonzado de mí mismo - sollozó el hijo menor - obligamos a nuestro padre a rebajarse al engaño por que no seguimos el mandamiento que cuando niño nos enseñó.
El hijo mayor insistente, volteó el cofre para ver si había algún objeto valioso oculto entre los vidrios, al vaciarlo encontraron una inscripción en el fondo que decía: "Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen aquí en la tierra".
La moraleja de esta bonita historia es que como hijos, mientras vivan nuestros padres, debemos visitarlos, cuidarlos y darles compañía todos los días; sin importar que tengan bienes, dinero o propiedades, o no tengan nada, este sano o enfermo. No hay que olvidar ese certero refrán que dice: "Con la vara con que mides serás medido".
Dime, ¿te gustaría que tus hijos te tratarán así? Tú tienes la respuesta.

LT: Jose Gabriel Chan Escalante

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